juan batero

lunes, agosto 03, 2009

VOLVER, QUE... VOLVER

He vuelto. Después de un letargo, muy largo; en cuanto a lo emocional y al pensamiento. En palabras más coloquiales he permanecido ausente, lejos de todo, mi cabeza ha estado vacía, hueca; ummm que sensación pensar en ello -que hartera volver- he vuelto al mundo, a pensar en él.
Escrito por Juan Batero

viernes, junio 05, 2009

ASESI-NO II

Tuve la oportunidad (eso no es oportunidad, ni placer, circunstancias de la vida) de conocer a la victima: James y al victimario (la palabra es simplemente una etiqueta, podría ser otra no tan fría): David.

James, era un oficial de policía, que por esos días del incidente, accidente estaba de vacaciones. Su familia era o es una de las más pudientes del sector, el tipo a pesar de ser policía era buena gente, ya que los agentes de esta ciudad, mas bien pueblo, en su mayoría son arrogantes, se las creen de mucho por tener un uniforme. Pero él era una excepción: a todos saludaba, de pronto alguna infracción menor le hablaba a uno y le decía, oiga no lo vuelva a hacer porque otro no se la pasa. Buena gente a morir, otros lo catalogaban de pendejo. Era soltero y bajito.

David es un trabajador incansable, no se le arruga a nada. Vive solamente con su mama. No son creyentes de divinidades, creen en ellos mismos. Es un muchacho solidario, ayuda a los demás, es un gran conversador. También es un tipo buena gente. Aunque a veces-como a todos- se le salta el genio y la lengua, diciendo algunas verdades, que calla por decoro, y no hacer sentir mal a esa persona.

Esa tarde David iba a la mina a traer unos motores en la camioneta; James se estaba bañando en el rio, cuando pasó la camioneta dejando la polvareda.
Era un día asoleado, como ninguno otro, el sudor escurría sin esfuerzo. James era poco amante del calor, así que decidió irse, su familia no lo persuadió de quedarse. David volaba, ya estaba de regreso. James se acercaba al puente (separa al bañadero del pueblo). En la bajada para llegar al puente la camioneta perdió los frenos, el freno de seguridad no sirvió (todo conspiro). David observó a James y el abismo del lado izquierdo. Tenía dos opciones. Él decidió.
No he vuelto a ver a David.
Escrito por Juan Batero.

martes, marzo 24, 2009

ASESINOS

El asesino del supermercado arrancó el auto, ingresó a la avenida, giró a la izquierda y tomó la recta a toda velocidad; dos kilómetros adelante inesperadamente frenó. Había dos perros ligados en la mitad de la calle, el asesino del supermercado se bajó y los corrió al separador. Tres kilómetros atrás las patrullas de policía lo seguían, la primera patrulla en avisar la recta observó los perros a la distancia, se acercó rápidamente y súbitamente atropelló el perro, descuartizándolo; la perra cayó a un lado y las patrullas de atrás la aplastaron. Las sirenas siguieron sonando. ¿Quién sabe si atraparían al asesino del supermercado?

Escrito por Juan Batero

domingo, febrero 22, 2009

LADOS

Es derecho,
Le toco acostumbrarse a los dos lados.

Nunca se llevo bien con ninguno
Uno por calvo e imponente
El otro por paranoico y también por imponente

Le duele ambos lados
Ni la costumbre los adapto.

Uno se fue por cuestiones impredecibles:
El amor
El otro se quedo por razones indiscutibles:
El hambre…física.

Los dos lados siguen con el dolor
La vida y la realidad son así.

El tiempo borró el amor, la alopecia
Y la vida
El hambre… es espiritual.

Los osos evolucionan
Los lados no. Ellos no.

Ahora todos flotan.
Escrito por Juan Batero

jueves, noviembre 20, 2008

Decepción

El virus-decían los científicos y los medios-es mortal, te puede conducir a la muerte en tres días. Yo contraje el virus, lo tuve durante dos días. Al tercer día recordé unas palabras de mi abuelo “enfermo que come no se muere”. Deje de comer.
Escrito por Juan Batero.

miércoles, octubre 22, 2008

LIBANIEL Y EL OLOR A SALVADO O A SOYA

Salió del instituto contento, había sido el mejor de la clase en participaciones y en el foro acerca de Vinum Sabbati hizo las mejores intervenciones. Días antes junto a sus compañeros tenían planeada una rumba, así que se apresuraron a salir y tomar la vista panorámica del bar a las afueras del instituto, donde se podía ver media ciudad consumida por las luces y las bocinas de los autos. En las madrugadas se observaba como la bruma daba pasó a los edificios y en el fondo, en el último rincón se oía el rumor de los arboles y los pájaros. Entre cervezas, aguardiente, cigarrillos, ron y mujeres la farra se extendió hasta el otro día con olores a vomito, humo, semen y el olor a salvado o a soya que aún persistía en el olfato de Libaniel, llevaba ese olor específico desde el instante que ingreso al bar.

Libaniel; un hombre alto, calvo no de alopecia, blanco desteñido por el sol, noble y de convicciones desaforadas contra las convencionalidades. Su esposa lo abandonó, quizás por los rumores que van y vienen: “Libaniel es como flojito en la cama, cierto”. La verdad, eran muy, muy jóvenes cuando se casaron, se dieron cuenta que de amor no se vive y en esa época tenían solamente esas cuatro letras. Volvió a la casa de sus padres por nostalgia y a dormir en el mismo cuarto de su hermana por costumbre, lo único que conservó de este fatídico tiempo fue el trabajo. Ornamentador y soldador su oficio. Tiene buenos contratos particulares e institucionales que le permiten vivir cómodamente y ayudar en la casa, la plata que sobra al cine y al mecato y al ocio y a la diversión y a las suscripciones.

Libaniel pensó que aquel olor tan infeccioso se iría a los pocos días, pensó que era un olor contraído por una comida o algún lugar. No, se equivocó. El olor a salvado o a soya permanece: en el trabajo, en el estudio, en la casa; lo persigue hasta en los coitos. La comida, el pobre ya no come. El sueño, lo perdió hace meses. Todos los objetos, las personas, los animales, todo el mundo y cuanto hay en él, todo, huele y sabe a salvado o a soya.

Libaniel siguió viviendo, o algo parecido: padeciendo. Y el trabajo es su aliento para no padecer tanto y la familia una especie de puente-de Sesto- sobre aguas turbulentas. La distracción ha sido su consuelo. El trabajo su vida.

La familia le pregunta constantemente, “Libaniel de qué eres esclavo, del olor a salvado o a soya o del trabajo”. Él no responde, aunque sabe la respuesta hace tiempo. Prefiere seguir en sus labores, una de ellas pensar que ya hace un año que tiene ese olor en su cuerpo y en su mente, ni los médicos, ni los brujos, ni todas las supersticiones habidas y por haber han funcionado. Sólo han servido para enriquecerse las arcas a costa del sufrimiento de Libaniel y la ingenuidad de sus allegados. Menos mal y él lo reconoce ha tenido el suficiente trabajo para pagarlos y mantener la casa. El papá esperando la pensión, la mamá sosteniendo la casa y la hermana se dedica a estudiar, dormir y aplicar las teorías económicas al sexo.

Meses atrás recibió la llamada esperada, el gran contrato con la Granja, Libaniel tenía que realizar las estructuras pilares de los galpones nuevos y además los soportes de los depósitos de almacenamiento de comida. Trabajó día tras día, un poco más flaco, más amarillo, con pelo y abatido por el tiempo y la sombra de su otra vida. Estaba dando las últimas puntadas a su trabajo, y de pronto se quemó con el soldador, era un hecho curioso porque quemarse con un soldador a tanta distancia y con la experiencia de Libaniel, era de no creérselas, en ese momento recordó la madrugada en que volvió a la casa de los padres: hacia frio.

Las estructuras estaban listas.

Comenzó a llevarlas en su carro, eran más de cincuenta viajes, en una semana ya estaban todas las estructuras en la granja; faltaban unos marcos y la maquinaria, la echaron al carro. Libaniel manejó más despacio que de costumbre, comenzó a observar el entorno de una forma minimalista, la carretera, los arboles, el chilaco que siempre lo veía. Libaniel decía que era el mismo, pero cómo saberlo si la mayoría tienen un color similar. Detuvo el carro y le dijo al ayudante que manejara, tomó la revista del mes dedicada a poesía colombiana y empezó a leerla. Era un trayecto largo. A mediada que se acercaban a la Granja notó que el olor a salvado o a soya desaparecía, fue como recuperar su alma. No era como antes que el olor le salía desde su interior e impregnaba o infectaba los olores externos, ahora los olores llegaban de afuera, los percibía, los alcanzaba a atrapar con la mano y saborearlos. Fue un instante mágico-feliz-eterno. Ya distinguía el olor a pachuli de su compañero, el olor a verde del lugar, el olor a sudor de su cuerpo. Entraron por la portería trasera, esta vez no los fumigaron. El ingeniero les indicó el lugar donde iban los marcos, era la parte más pendiente del lugar. Libaniel dejó la revista con su ayudante y le dijo al que fuera a la oficina a hacer firmar las facturas, encendió el auto contento lo arrancó en segunda y emprendió la subida, a mitad de camino sintió el olor a salvado o a soya, era un olor más intenso, más concentrado, pero no era como antes, ya no pertenecía a él. Libaniel se dio cuenta que el carro estaba en segunda, eso era un error. Sólo hizo un hondo suspiro para atrapar quizás el olor de su vida.

El ayudante abrió la revista y leyó la cita marcada “se acercó y marchó con ella” y vio como el carro se levantaba de adelante y se volteaba hacia atrás, dio varias vueltas y cayó hecho chatarra junto al galpón donde el murmullo de las ganillas se silenció y el olor a salvado o a soya era penetrante.

Escrito por Juan Batero.

miércoles, septiembre 24, 2008

MARCAS


Yo no creo en el destino. Sin embargo, hay inquietudes en torno a él como esta: todos los seres humanos tenemos marcas que nos identifican y a partir de ellas construimos nuestra vida o lo que todo el mundo llama destino. Estas marcas siempre están presentes, pero en ocasiones no desencadenan el destino que traen consigo, un destino por lo general fatal; aquellas personan que no las desarrollan-es una hipótesis, debido a la inestabilidad humana-es porque son gente tranquila, pacifica.

Las marcas son circunstancias o mejor aún, a lo que el humano es más propenso. Es decir, pongamos un ejemplo, parezcámonos un poco a los sofistas, el negro llamado Rubén es vulnerable o propenso a las discusiones; aquel día del funesto incidente, Rubén estaba pasado de tragos y discutía con un joven, al cual asesino, esto ocurrió debido a su inclinación por los pleitos agravado por el trago. Vemos que su debilidad (la marca), prevaleció sobre la razón y liberó todos los acontecimientos posteriores, a partir de este hecho Rubén emprenderá una nueva vida, por decirlo de alguna manera este era su destino. Las personas que no despliegan su marca muchas veces se ven involucradas accidentalmente por las marcas de lo que si la afloran. La familia de Rubén padece por los sucesos: sufren física y mentalmente; ellos tienen las marcas, pero su tranquilidad nunca los llevo a desatarlas. Además los hechos externos y secundarios no los influenciaron.

Así como el negro tiene la marca de las discusiones, otras personas son propensas a las cortadas-mi caso- a las caídas, a los accidentes caseros y automovilísticos, al olvido, a que le salgan mal los negocios y más. Una marca no se debe confundir con un vicio o con aspectos cotidianos del hombre. Tales son: comer, dormir, leer, escribir, fumar, beber licor, inyectarse o la diversión etc. Ya que pertenecen a necesidades fisiológicas o a hechos acaecidos y contagiados por las relaciones humanas desfavorables en su mayoría. Eso si, cuando un vicio y una marca se encuentran el resultado es fatal.

El hombre debe ser más fuerte que la marca, la debe dominar y prevalecer sobre ella.

La marca es una prueba, que de lograr pasarla se obtendrá una: dizque una vida mejor. Por eso prefiero ser un gatito, que anda sin preocupaciones de marcas, de vicios, de problemas en fin de lo que se compone el ser humano. Para mayores referencias buscar a filósofos destacados, la anterior disertación es… ¿qué es? Prefiero seguir siendo gatito.
Escrito por Juan Batero.